Por: María Elvira Bonilla
El País de Cali – Agosto 24 de 2007
No había comida, coctel o fiesta bogotana en la que los hermanos Araújo Castro, Álvaro y María Consuelo, no se presentaran trayendo una pequeña sorpresa. Además de su efusividad de provincianos triunfadores en la capital, el entonces senador con aspiraciones presidenciales y su hermana, la ministra de la Cultura y luego Canciller, respiraban con sobrades una gran seguridad personal. La sorpresa siempre era musical: un conjunto vallenato de guacharaca y acordeón. Arrancaba entonces la parranda. Los asistentes cantaban desafinados, apagándose poco a poco las conversaciones y las discusiones. Y todos terminaban tan contentos. Casi siempre llegaban juntos. Las dos jóvenes promesas políticas del Caribe que apenas rayaban los 40 años. Una audacia empaquetada en una simpatía arrolladora. Parecían una pareja imbatible e imparable. Habían crecido bajo el ala protectora del Alfonso López Michelsen, al igual que Álvaro Araújo Noguera, el papá, hoy prófugo de la justicia, jefe del clan vallenato. Se sentían intocables. Plenos de respaldos, de amigos, de apoyos, de influencias. Un desparpajo que le dio a Alvarito hasta para candidatizarse a la Presidencia de la República. De igual desproporción fue su reacción cuando la justicia se hizo sentir a principios del año. Con él se inauguró el proceso de la parapolítica y tanto la Canciller como el Senador se declararon indignados y sorprendidos. La acusación que acaba de proferir la Fiscalía en su contra, por los delitos de concierto para delinquir, constreñimiento al sufragante y secuestro extorsivo agravado, indica que así como había razones para detenerlo en la cárcel La Picota, no las había para que el senador Araújo hubiese tenido el protagonismo y reconocimiento de antaño. Pero así ocurre con los políticos y los gobernantes cuando infringen la ley, cuando abusan del poder y de los privilegios. Y más si son de cuello blanco. Se sienten predestinados. Invulnerables, por encima de la ley. Superiores. Y los Araújo tuvieron el ejemplo en casa. Debieron ser muchas las celebraciones vallenatas, presididas por Araújo padre, quien desde la cabecera de la mesa debió dar lecciones de cinismo, sintiéndose con el país en sus manos. Álvaro Araújo Noguera perdió su investidura como senador el 1 de diciembre de 1993 por violar el régimen de incompatibilidades. Este es el peor castigo que puede recibir un parlamentario y, sin embargo, Araújo ni se inmutó. No acusó el castigo ni política ni moral ni socialmente. No sólo siguió manejando los hilos del poder regional sino que catapultó políticamente a sus dos hijos. Con el mismo descaro que se le vio cuando, indiferente a su condición de sindicado del horrendo delito de secuestro extorsivo, hizo la finta necesaria, la leguleyada del caso, para poder cobrar en el Consulado de Colombia en Barquisimeto, Venezuela, su jugosa pensión de senador. Comportamientos como el de éstos políticos cínicos, expertos en aprovechar los atajos para avanzar y sobre pasar los límites entre el bien y el mal, son una grave amenaza para la democracia. Son un afrenta contra cualquier esfuerzo por lograr un país medianamente civilizado. Sólo la justicia, como se está demostrando con el proceso de la parapolítica, que ya ha llamado a siete congresistas a juicio, los puede detener.
El País de Cali – Agosto 24 de 2007
No había comida, coctel o fiesta bogotana en la que los hermanos Araújo Castro, Álvaro y María Consuelo, no se presentaran trayendo una pequeña sorpresa. Además de su efusividad de provincianos triunfadores en la capital, el entonces senador con aspiraciones presidenciales y su hermana, la ministra de la Cultura y luego Canciller, respiraban con sobrades una gran seguridad personal. La sorpresa siempre era musical: un conjunto vallenato de guacharaca y acordeón. Arrancaba entonces la parranda. Los asistentes cantaban desafinados, apagándose poco a poco las conversaciones y las discusiones. Y todos terminaban tan contentos. Casi siempre llegaban juntos. Las dos jóvenes promesas políticas del Caribe que apenas rayaban los 40 años. Una audacia empaquetada en una simpatía arrolladora. Parecían una pareja imbatible e imparable. Habían crecido bajo el ala protectora del Alfonso López Michelsen, al igual que Álvaro Araújo Noguera, el papá, hoy prófugo de la justicia, jefe del clan vallenato. Se sentían intocables. Plenos de respaldos, de amigos, de apoyos, de influencias. Un desparpajo que le dio a Alvarito hasta para candidatizarse a la Presidencia de la República. De igual desproporción fue su reacción cuando la justicia se hizo sentir a principios del año. Con él se inauguró el proceso de la parapolítica y tanto la Canciller como el Senador se declararon indignados y sorprendidos. La acusación que acaba de proferir la Fiscalía en su contra, por los delitos de concierto para delinquir, constreñimiento al sufragante y secuestro extorsivo agravado, indica que así como había razones para detenerlo en la cárcel La Picota, no las había para que el senador Araújo hubiese tenido el protagonismo y reconocimiento de antaño. Pero así ocurre con los políticos y los gobernantes cuando infringen la ley, cuando abusan del poder y de los privilegios. Y más si son de cuello blanco. Se sienten predestinados. Invulnerables, por encima de la ley. Superiores. Y los Araújo tuvieron el ejemplo en casa. Debieron ser muchas las celebraciones vallenatas, presididas por Araújo padre, quien desde la cabecera de la mesa debió dar lecciones de cinismo, sintiéndose con el país en sus manos. Álvaro Araújo Noguera perdió su investidura como senador el 1 de diciembre de 1993 por violar el régimen de incompatibilidades. Este es el peor castigo que puede recibir un parlamentario y, sin embargo, Araújo ni se inmutó. No acusó el castigo ni política ni moral ni socialmente. No sólo siguió manejando los hilos del poder regional sino que catapultó políticamente a sus dos hijos. Con el mismo descaro que se le vio cuando, indiferente a su condición de sindicado del horrendo delito de secuestro extorsivo, hizo la finta necesaria, la leguleyada del caso, para poder cobrar en el Consulado de Colombia en Barquisimeto, Venezuela, su jugosa pensión de senador. Comportamientos como el de éstos políticos cínicos, expertos en aprovechar los atajos para avanzar y sobre pasar los límites entre el bien y el mal, son una grave amenaza para la democracia. Son un afrenta contra cualquier esfuerzo por lograr un país medianamente civilizado. Sólo la justicia, como se está demostrando con el proceso de la parapolítica, que ya ha llamado a siete congresistas a juicio, los puede detener.
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