viernes, 28 de septiembre de 2007

Colombia en manos de aventajados alumnos de Lenín

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Fernando Londoño Hoyos

El Tiempo



Carlos Gaviria es el mago de las ambigüedades, el maestro de las ambivalencias, el infatigable arquitecto de las verdades a medias y de las posturas escénicas. Esas dudosas virtudes lo mantienen a flote en la arena movediza que es el Polo Democrático. Gaviria acaba de romper las marcas de la osadía negando que sea suyo un artículo aparecido en el diario inglés The Guardian, curiosamente coincidente con la proclama anticolombiana de una ONG, de las tantas que, alimentadas por el Polo, buscan en la guerra política sucia desde el exterior lo que no pueden conseguir en el corazón de la opinión pública nacional.
Habrá que creer que el Carlos Gaviria, que casualmente dice todo lo que el Polo Democrático sostiene y promueve en sus oscuras alianzas internacionales, no es el Carlos Gaviria que todos conocemos. Seguramente es un caso de homonimia sorprendente o el abuso incalificable de un espontáneo transeúnte por las oficinas de redacción del periódico inglés. Para humillar a Colombia, para cerrarle los pasos a su expansión comercial, destruir su prestigio como nación democrática y arruinar sus relaciones con el mundo libre, los del Polo sostienen, hace rato, con implacable cinismo y con la persistencia que Lenin recomendaba para las peores mentiras, que en Colombia se asesina a los sindicalistas por millares, en una siniestra combinación de la derecha, del Gobierno y de la Fuerza Pública.
Aquí serían incapaces de insistir en ese debate, porque tendrían que rendirse ante las evidencias que el país conoce de sobra. Que los sindicalistas están protegidos como en ningún país del mundo; que el Gobierno respeta y estimula su actividad; que no hay un solo cargo serio que pueda sostenerse ahora en materia de persecución sindical, y que ni siquiera las dudosas estadísticas de otros tiempos pueden presentarse, ni de lejos, para insistir en que este es un detestable país donde se mata las organizaciones del trabajo y se persigue sin tregua a sus paladines. El Polo aprendió que estas calumnias son eficientes en la política internacional. Y que valen para estorbar tratados comerciales, comprometer alianzas antiterroristas y restarles respaldo a los procesos de pacificación y restauración de la República.
La técnica utilizada con los demócratas en los Estados Unidos se extiende sin revisión a los laboristas británicos. Por curiosidad, en ambos casos en ambiente electoral, tan propicio para el uso de un arma cualquiera en la búsqueda de los votos esquivos. No aceptan los discípulos quedar a la zaga de sus profesores. Por eso, dentro de la misma tortuosa línea de Gaviria, toma la posta el senador Petro para declararse víctima directa de actos de tortura por parte del benemérito coronel Alfonso Plazas Vega. La infamia estaba calculada para que fuera la palabra del uno contra la palabra del otro, y para que otra vez la mentira repetida mil veces quedara trocada en verdad en el escenario internacional.
Qué iba a imaginar Petro que el pasaporte del coronel le jugara una mala pasada, pues que milagrosamente pudo probar el inculpado que andaba en España en los días en que aquel lo denunciaba como su torturador en Bogotá. Ante esa evidencia demoledora, el alumno de Gaviria se limita a decir que pudo equivocarse. Quien lo molía a palos era de seguro otro coronel del Ejército. Habiendo tantos, uno puede confundirse. Como habiendo tantos que The Guardian puede tomar como Carlos Gaviria, nunca se sabrá quién ataca el honor de Colombia desde Londres. En la arena política se acepta casi todo. Está por ver si también valga el uso descarado de la mentira para agredir la Patria desde el extranjero. Tal vez no.

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